Hoy es un día particularmente extraño... agridulce. Por un lado, me llena de gratitud y orgullo celebrar mi profesión, reconocer todo lo que he construido y a todas las personas que han estado y permanecen en mi camino. Pero al mismo tiempo, no puedo evitar sentir el peso de la ausencia, ese recordatorio cruel de que la vida no siempre es justa y que la muerte llega aleatoria, llevándose personas y momentos que damos por hecho, así sin más.
Entiendo cada vez más que no podemos controlar casi nada de lo que sucede allá afuera. La vida, por sí sola, no nos garantiza felicidad ni bondad plan. Marco Aurelio decía que la muerte es simplemente un retorno a la naturaleza y un recordatorio de la fugacidad de nuestra existencia; su filosofía lo impulsaba a vivir con virtud y cumplir con sus deberes mientras aún estuviera vivo. Pienso en eso, y me doy cuenta de que lo único que realmente puedo hacer mientras estoy aquí es elegir cómo vivir.
Dentro del estoicismo, existen cuatro virtudes cardinales: sabiduría, justicia, prudencia y valentía, estas "virtudes" existen en contraposición a cuatro vicios esenciales: ignorancia o estupidez, injusticia, imprudencia y cobardía, entre ellos no existen grises por tanto, el resto de las cosas del mundo resultan ser indiferentes para conseguir una vida "buena y feliz" (al menos dentro del vivir estoico). El resto de las cosas que existen en el mundo, fuera de actuar virtuosamente, no nos lleva a la felicidad y pensar que la contingencia de la vida nos remolcará hacia allá resulta absurdo, incluso engañoso...
Pensando en esto entiendo que la "felicidad y la plenitud", son un camino por transitar y no un estado o fin último del ser y me pregunto si acaso no es ahí donde está la clave, en la manera en que enfrentamos el día a día, en las huellas que dejamos en los demás. Porque, al final, lo que permanece no es lo que conseguimos, sino lo que dimos, lo que amamos, lo que construimos en el otro, que al final es también parte de nosotros, en el amor que compartimos y nos permitimos vivir. Por eso, más que desear vivir, quiero encontrar la voluntad de vivir. Una voluntad que no se aferre al miedo ni a lo pasajero, sino que abrace el presente con gratitud, con amor y con virtud. Porque aunque la vida sea breve y la muerte cierta, lo que permanece es lo que elegimos dar y un recordatorio propio que lo que amo y comparto tiene la fuerza de quedarse más allá de mí.