jueves, 9 de julio de 2026

La hipocresía del juicio hacia el suicidio


Ayer platicando con alguien pergunté (como infiriendo que todos hemos cruzado por esta idea en nuestra mente), "¿has pensado en cómo te suicidarías?", y esta platica me llevo a analizar un poco más a profundidad la idea (no de morir), si no del acto en si. Y es que existen diferentes posturas que pueden terminar en la misma decisión; siempre me ha parecido curioso que como sociedad hablemos con tanta facilidad de la muerte cuando llega por enfermedad, por un accidente o incluso por la violencia, pero cuando alguien decide terminar con su propia vida el diálogo cambia por completo... justo ahí parecen el juicio, la culpa, el miedo y un silencio casi absoluto (que considero desproporcionalmente moralista). 

Quizá porque aceptar el suicidio implica aceptar algo mucho más incómodo y es que el sufrimiento humano puede llegar a ser tan intenso que una persona deje de encontrar sentido en seguir existiendo. Y entonces surgen preguntas importantes que me parecen más importante que "¿por qué lo hizo?", ¿qué tan insoportable tuvo que ser su dolor para creer que esa era la única salida?, ¿qué pudimos hacer como sociedad o familia para prevenirlo?, entre otras muchas interrogantes que usualmente vienen acompañadas de culpa y mucho dolor, y es que explicar el suicidio académicamente, moralmente, psicológicamente o incluso desde una postura filosófica no resulta sencillo. Hay mucha profundidad en ello. 

La psicología explica que en la mayoría de los casos, la conducta suicida nace de la combinación de tres elementos: 

  • Un sufrimiento emocional profundo
  • La sensación de no tener herramientas para enfrentarlo 
  • Desesperanza absoluta respecto al futuro.

Es decir no necesariamente se quiere morir, lo que se busca es dejar de sufrir. Y creo que esa diferencia cambia completamente la conversación.

Durante mucho tiempo hemos juzgado el suicidio desde la moral, se le llamó pecado, cobardía, egoísmo o incluso valentía pero ninguna de esas etiquetas alcanza a describir lo que ocurre dentro de alguien que ha perdido toda esperanza. porque cuando el dolor ocupa cada rincón de la mente, la percepción de la realidad también cambia y recordemos que en una misma realidad dónde coexistimos todos la realidad perceptual para cada uno es distinta y cuando se vive dentro de ciertas ideas, condiciones y contextos el futuro deja de existir y la muerte comienza a parecer una puerta... 

También todo esto me hizo pensar la enorme diferencia entre hombres y mujeres en las estadísticas (que en hombres suele concretarse más). Las mujeres intentan suicidarse con mayor frecuencia, pero los hombres mueren mucho más. ¿Será una cuestión biológica? Tal vez en parte... Pero sospecho que también es consecuencia de cómo hemos construido la idea de lo que significa "ser hombre" y es que desde pequeños nos enseñaron que llorar es debilidad, cuando un niño se cae y le dicen "parate rapidito, no pasa nada", o "aguantese como los machos", "lloras como niña", entre otras muchas frases que se perpetúan aún en la actualidad en las crianzas... También se nos inculcó que pedir ayuda es fracaso y que el hombre debe resolverlo todo solo (cómo si el hecho de haber nacido con un pene les diera de pronto un super poder).

Y considero que cuando alguien lleva años convencido de eso, el silencio termina convirtiéndose en una prisión y en un verdadero calvario que muchas veces incluso se vulve imperceptible para quien lo vive, y entonces pienso que quizá el verdadero enemigo no sea únicamente la "depresión". Quizá también sea la crianza doctrinal y bastante machista que sigue aú arraigada lo que crea una imposibilidad de decir: "No puedo más".

Por otra parte muchas personas hablan del famoso "gen suicida", pero la ciencia parece decir algo mucho más complejo: no heredamos el suicidio; heredamos ciertas vulnerabilidades o predisposiciónes a la depresión, la impulsividad o una menor tolerancia al estrés, aunque si bien, ninguna de esas condiciones escribe nuestro destino y al final seguimos siendo el resultado de una conversación constante entre la biología, la historia que vivimos y el mundo que nos rodea.

Entonces aparece la filosofía... Nietzsche escribió una frase que siempre me ha parecido disrruptiva pero, muy coherente: 

"El pensamiento del suicidio es un gran consuelo."

y el lo decía no porque alabara la muerte, sino porque entendía que saber que existe una salida puede hacer soportable el sufrimiento y aunque es una idea profundamente incómodaconsidero que es precisamente por eso merece ser pensada. Nietzsche defendía la libertad del individuo para decidir sobre su propia existencia, la llamaba la "muerte libre": la posibilidad de elegir cuándo abandonar la vida.

¿Tenía razón? No lo sé... Pero sí creo que plantea una pregunta que seguimos evitando, si hablamos tanto de libertad... ¿Hasta dónde llega realmente nuestra libertad sobre nuestra propia vida? y esa misma pregunta aparece cuando pensamos en la eutanasia, ¿no?. 

La frontera es muy difusa, ¿qué diferencia realmente existe entre el suicidio y la eutanasia? Desde un punto de vista legal la diferencia principal radica en que la eutanasia (donde en algunos lugares ya está permitida y en otros genera un debate real), ocurre bajo estrictos procedimientos médicos y jurídicos destinados a personas que padecen enfermedades  o condiciones graves e irreversibles, generalmente con sufrimiento físico o psicológico considerado insoportable y bajo requisitos de consentimiento. El suicidio, en cambio, suele producirse fuera de ese marco institucional y con frecuencia está asociado a una crisis de salud mental o emocional, sin embargo, desde una perspectiva filosófica y moral, el debate permanece abierto, ¿Por qué una decisión es considerada legítima en determinados contextos y la otra suele ser condenada?, ¿Es únicamente la autorización del Estado lo que modifica nuestra percepción?

Quizá no existan respuestas sencillas, lo que sí parece claro es que el sufrimiento humano no puede reducirse a juicios morales, considero que comprender las causas de la conducta suicida implica mirar más allá del acto mismo y reconocer la complejidad biológica, psicológica, social, cultural y filosófica que lo rodea. También implica asumir una responsabilidad colectiva: construir una sociedad donde más personas encuentren razones y oportunidades para seguir viviendo y es que tal vez la verdadera prevención del suicidio no comienza en los hospitales, debería comenzar desde mucho, mucho antes... Aprendiendo a escuchar sin juzgar, dejando de exigir fortaleza permanente como simbolo de éxito, entendiendo que pedir ayuda no disminuye a nadie y teniendo la suficiente empatía para poder detectar cuando alguien que no la está pasando bien, no sabe/puede pedir esta ayuda y sobre todo cuando aceptemos que, detrás de casi toda conducta suicida, no hay una persona que quería morir, sino una persona que llevaba demasiado tiempo sufriendo en silencio.

¿Qué estamos haciendo como individuos y como sociedad para que vivir siga siendo una posibilidad cuando alguien siente que ya no puede más?

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